Cómo alcanzar la Mente Superior (7)

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por Juan Angel Moliterni

imagen del boletin el ángel de la claridadLos Compromisos del Camino

Así como cuando un estudiante va a clases a aprender y existen “normas de convivencia”, las que constituyen el marco que canalizan las iniciativas para favorecer la convivencia, el respeto mutuo, la tolerancia y el ejercicio efectivo de derechos y deberes, y completar así la dimensión escolar del proyecto educativo… de la misma manera ocurre en el ámbito espiritual. Quien se aboca al Trabajo Sobre Sí necesita comprometerse con ciertas “normas” o preceptos relacionados con el entrenamiento espiritual y completar así también la dimensión del proyecto espiritual.

El primer precepto es no subestimar o infravalorar las normas básicas y creer que cualquier norma es inferior a las prácticas espirituales de entrenamiento en el “gimnasio espiritual”.

La segunda es la imparcialidad. Debemos ser imparciales o carecer de parcialidad. Si estamos practicando la paciencia, por ejemplo, sería incorrecto demostrar esta paciencia cuando se trata de un amigo que nos ha perjudicado y olvidarla cuando el que nos ha hecho daño es una persona mal considerada por nosotros o un enemigo. La imparcialidad es la ausencia de inclinación en favor o en contra de una persona o cosa al obrar o al juzgar un asunto. No hace ninguna distinción de nacionalidad, raza, religión, condición social ni credo político. Sin preferencias personales ni ideas pre-concebidas. Exige luchar contra todo pre-juicio. La vivencia de esta norma se ejercita tanto en lo micro como en lo macro, en situaciones globales, grupales, en lo cotidiano, en la forma de relacionarnos con aquellos que “son distintos” o que no piensan como nosotros. De ahí la necesidad de profundizar en la tolerancia, como actitud que exige un ejercicio personal de apertura de la mente y aceptación del otro, tal y como es, sin menoscabo de las propias convicciones. Así pues, debemos evitar la parcialidad y reaccionar de igual manera tanto cuando se trata de un “amigo” como de un “enemigo”, de alguien “superior” a nosotros como de alguien “inferior”, es decir, en lo horizontal y en lo vertical, sin preferencias de ningún tipo. Así el trabajador de la luz estará presto al SERVICIO, para el más alto bienestar de todos. La división es precisamente la raíz de todo el sufrimiento y el conflicto.

La tercera es la Inofensividad. El Maestro Djwhal Khul nos dice: “Como es de esperar, se caracterizará (el servidor) por su inofensividad, y la abstención de actos y palabras que puedan ser mal interpretadas”. La práctica de la Inofensividad es, para el aspirante, el más fácil y mejor modo de trabajar. Nada en él perjudica la vida de cualquier forma y, por lo tanto, atrae hacia sí únicamente lo benéfico. Utiliza las fuerzas benévolas así atraídas, para ayudar a otros seres. Todas las verdaderas escuelas esotéricas comienzan por el control del cuerpo astral (psiquismo). Nos podemos sentir inclinados a pensar que, puesto que estamos practicando el ser un trabajador de la luz, ya hemos destruido la mente que se aferra al ego. Por ejemplo, se nos podría ocurrir que nadie puede herirnos y entonces cortar árboles sin ningún peligro, pues los elementales que los habitan no pueden dañarnos, ya que nosotros ya estamos en un nivel “elevado” y nadie nos puede perjudicar. Inofensividad es no hacer daño a los demás seres. Cada persona viene a esta vida a cumplir una tarea que sólo ella y nadie más puede llevarla a cabo. Reconocer esa misión, aceptarla y cumplirla, lo convertirá en un ser lleno de amor, salud y alegría; sin embargo, a lo largo del Sendero hay compromisos que no pueden “subestimarse”, porque sólo los rectos medios permiten rectos fines… en este caso, requiere el compromiso movido por la inofensividad. Se trata de inofensividad en pensamiento, palabra y obra.

La cuarta es no increpar a los demás ni criticar sus faltas y no utilizar palabras duras o abusivas. Debemos, además, callarnos las faltas que puedan cometer los otros, así como no hacer resaltar cualquier incapacidad de los demás. Por otra parte, tampoco debemos mirar sus faltas sino cuidarnos solamente de las propias. Si no analizamos nuestras negatividades y nos dedicamos solamente a observar las de los demás, no descubriremos las virtudes o buenas cualidades que estos pueden poseer. El Buda no tenía ninguna falta y poseía toda clase de virtudes. Sin embargo, su primo Devadata no era capaz de verlas y tan sólo veía defectos. El Buda, por el contrario, sólo veía cualidades en Devadata y en todos los demás. Si intentamos desprestigiar a alguien o crearle una mala reputación, tan solo ganaremos en superstición e ignorancia, pero no obtendremos por ello ninguna cualidad.

La quinta es Nuestra actitud irascible debe ser sustituida por una actitud más cálida y suave. Debemos comprobar si este cambio está teniendo lugar o no. Los practicantes más hábiles pueden reconocer el cambio que, en su caso, se produce día a día. Aquellos con una capacidad media podrán percibir el cambio de mes en mes, por ejemplo, pueden reconocer que en este mes su mente funciona más controladamente que en el anterior. Finalmente, aquellos de capacidad menor serían capaces de reconocer una mejora de año en año, observando que en este año la actitud es mejor que la del año anterior.

Si comparamos el desarrollo externo con el interno, veremos que es más importante este último. Hay personas que se muestran como practicantes de manera externa y, en realidad, carecen de la comprensión interna y de una buena actitud. Estas personas incluso hacen retiros continuamente pero, su interior está incompleto y todo lo hacen solamente para obtener una buena reputación. Esto, sin embargo es de escasa utilidad.

La práctica y el desarrollo interior dependen sólo del mismo interior. Debemos ser cuidadosos de no mostrar de manera externa o hacia fuera nuestra práctica. No debemos hacer alardes de nuestros progresos. Solamente aquellos que practican de manera interna obtienen resultados eficaces. Las prácticas que se realizan en “silencio”, sin que nadie sepa lo que se está practicando producen mejores resultados.

Resulta que había una vez una persona que tenía una mente muy estúpida. No era capaz ni siquiera de memorizar una sola oración ni tampoco de estudiar nada. Entonces el Buda, con sus infinitos medios, le enseñó una práctica muy sencilla. Consistía solamente en barrer y recitar una oración cuyas palabras eran: “Mientras barro el suelo y limpio el polvo estoy limpiando todos los oscurecimientos y poluciones de mi mente”. Y eso fue lo único que hizo a partir de ese momento, barrer y recitar la oración. Una actividad desapercibida. De esta forma, acabó por purificar todos los oscurecimientos de su mente y se convirtió en una persona muy desarrollada y con una gran compasión, alcanzando, al final de su vida, el estado de liberación de todo el sufrimiento y la ascensión.

La sexta es aceptación. Significa ver la realidad, ver las cosas como son realmente, y no como esperamos o deseamos que sean. La vida no siempre se ajusta a nuestros planes. Incluso cuando tenemos la mejor de las intenciones o cuando seguimos un camino espiritual. Debemos dejar de engañarnos, y apartarnos de las ensoñaciones. Sufrimos solo cuando buscamos la forma de escapar de ciertos aspectos de nuestra experiencia Presente y, al hacerlo, nos separamos de la vida y entramos en guerra con nosotros mismos y con los demás -a veces de manera obvia y a veces de manera muy sutil. Nuestro sufrimiento tiene sus raíces en la negativa a sentir lo que sentimos, a experimentar lo que experimentamos ahora mismo. La gran libertad reside en admitir la verdad de este momento, por mucho que choque con nuestras esperanzas, nuestros sueños y nuestros planes.

La séptima es dedicar más energía a eliminar la negatividad que nos sea más familiar; es decir, la que sea más fuerte. Si, por ejemplo, nuestro apego es lo más pesado que tenemos, con ese apego deberíamos trabajar con más fuerza, capitalizándolo para forjar un carácter. Por ejemplo, podríamos contemplar los objetos de nuestro apego como si se tratara de objetos desagradables o trabajar el desapego. Si la negatividad más enraizada en nuestro carácter es la del enfado, deberíamos poner toda nuestra energía y esfuerzo en contrarrestarla, aplicándonos en el desarrollo de su antídoto, en este caso, la tolerancia. Si es egoísmo, el antídoto es la solidaridad. Se trata de la aplicación del opuesto correspondiente a las actitudes mentales que vayan manifestándose. Y en el proceso de modelar nuestro carácter debemos recordar que no lo hacemos por disciplina, sino por el gusto por la Divinidad; esto es vital porque de otro modo no tendría efecto.

La octava es no resaltar las faltas de los demás. Si les vemos faltas, no debemos decírselas de manera que se sientan ofendidos. Y no culpar a otros de nuestras propias faltas y, por tanto, saber asumir nuestros errores.

La novena es dirigir todas las prácticas hacia una sola dirección. Dedicar todas nuestras prácticas al desarrollo de la ecuanimidad pensando que uno es igual a los demás. Todas las prácticas deben relacionarse siempre con el beneficio a los demás. El cuerpo, la palabra y la mente deben estar siempre empleados en la acumulación de méritos.

La décima es tener claro hacia qué hay que dedicar toda nuestra energía. Nuestra energía la debemos dedicar a la práctica del Dharma pues cualquier acción Dhármica nos traerá beneficio. Sin embargo, a veces dedicamos nuestra energía a cuestiones de felicidad temporal, a negocios y otras cosas por el estilo e incluso desperdiciamos gran cantidad de energía en discusiones.

Recuerden: Abandonar toda comida venenosa. Esto refiere a la mente que se aferra al ego o al sentimiento de autoestima, ya que la autoestima es idéntica a los alimentos envenenados los cuales son la causa de infelicidad y de todo malestar. Todas las acciones que llevemos a cabo deben tener por fin ayudar a los demás. Recordemos que toda práctica espiritual debe dirigirse a soltar a nuestro peor enemigo que es la actitud de autoestima, la actitud de estar siempre pensando en uno mismo.

No renuncien a las enseñanzas que han recibido (sea cual sea) sin antes haberlas comprendido cabalmente o asimilado. Es decir, no abandonen una enseñanza al cabo de poco tiempo de haberla recibido por no entenderla bien o tener alguna duda sobre ella.

Al principio en la práctica, debemos ponernos una meta distante trabajando hacia ella gradualmente según el nivel en el que nos encontramos. Si intentamos practicar a un nivel muy superior al que tenemos, podremos encontrarnos con muchas dificultades.

Si determinamos que ya es firme la práctica, pondremos entonces más energía en ella, de otro modo haremos los ajustes pertinentes. Debemos procurar no ser como el tiempo, eternamente cambiante, ahora lluvia, ahora sol…

Ahora disfrutamos de una ocasión excepcional, el haber obtenido la reencarnación humana. Esto es algo difícil de obtener y a la vez muy fácil de perder. Por ello, hemos de aprovechar esta ocasión de que ahora disponemos y utilizarla de un modo significativo y valioso. Con este cuerpo humano tenemos todas las posibilidades y podemos obtener todo aquello que nos propongamos, no tan sólo cubrir las necesidades o satisfacciones inmediatas. Inclusive, con esta reencarnación presente, podemos alcanzar también la felicidad en las vidas futuras, si seguimos una práctica espiritual correcta. Y si es lo suficientemente efectiva y poderosa podemos alcanzar los diferentes niveles espirituales y así transmigrar a una tierra pura como Shamballa u otras Ciudades de Luz sagradas. Si disponemos adecuadamente de esta reencarnación presente, es posible alcanzar el estado de un Buda o un Cristo. El karma yoga puede llevarnos a renacer en estados superiores de conciencia. Toda buena semilla tiene innato su fruto.

Juan Angel Moliterni
Siguiendo Juan Angel Moliterni:

Astrólogo Esotérico, Canalizador e Instructor Espiritual de la Ciencia Iniciática

La Gran Hermandad Blanca, la jerarquía ascendida, transfiere una antorcha, una luz, a aquéllos que deseen tomarla, que vayan a agarrarla con fuerza. La antorcha de la síntesis de oriente y occidente, de los valores apreciados, el conocimiento espiritual y la comprensión del cosmos.

Juan Angel Moliterni
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