Cuando Muera un Ser Querido…

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por Jeff Foster

olaCuando muera un ser querido, no te preocupes. Llora, gime, grita, sí, honra su memoria, pero no te preocupes. No se ha ido a ningún lado, estrictamente hablando… Simplemente ha perdido cualquier ubicación y tiempo. Simplemente ya no puedes fijarlo de alguna manera y afirmar que “está ahí”, ya no eres capaz de encontrarlo en su materialidad, ni buscarlo en tu mundo personal.

Y te das cuenta que, en primer lugar, nunca estuvo atado a su cuerpo. Sus brazos, sus piernas, su cerebro, sus dedos, su sangre, sus riñones… esas no eran las cosas que lo definían. Amabas lo físico, sí, estabas identificado con ello, esperabas que continuara siendo así, pero esa no era la totalidad de tu amor.

Ahora estás siendo invitado a recordar un amor más profundo, un amor universal, un amor que no está identificado con la forma, un amor que no conoce límites. Un amor que no huye hacia el pasado y el futuro, sino que se mantiene muy presente mientras vives tus días. Un amor que no depende de las palabras ni de los lugares, que te sigue a donde quiera que vayas, que es inseparable de tu propia presencia, que te susurra al oído por la noche: “ESTOY AQUÍ”.

No busques a tu ser querido en el tiempo o el espacio, amigo, no trates de alcanzarlo para darte cuenta de que está ausente. Está más cerca que todo eso. Te tomará un tiempo readaptarte a su falta de forma, por supuesto. Serás llamado a soltar los sueños, sí, y habrá mucho dolor por sentir, mucha aflicción al explorar con coraje y voluntad… ¡Prepárate para abrirte al amor! ¡Y, oh, la alegría de descubrir a tu ser querido justo donde lo dejaste! ¡Y la emoción de una relación reventando el infinito!

¡Recuerda que ese ser querido no puede dejarte! Debes saber que ¡nunca lo hará! ¡Porque está en tu presencia, y tú en la suya!

* * *

Quizá todavía no reconozcas que ya estás completo. Quizá verdades espirituales tan bellas e inspiradoras como “ya estás completo” y “solo hay Unidad” aún te parezcan simplemente bellas e inspiradoras palabras, y todavía no sean para ti una realidad experiencial, viva. Quizá todavía estés batallando con tus sentimientos, con el dolor, las adicciones y los conflictos de pareja. Quizá todavía estés buscando respuestas, amor, aprobación, la iluminación… Quizá aún estés esperando la paz, todavía anheles encontrar una manera de vivir en este mundo que tenga más sentido, en la que haya más amor, que sea más auténtica.

Quizá, aunque creas que no estás separado de la vida, todavía te sientas separado de la vida. El sufrimiento no es una maldición, un castigo, una aberración, ni es señal de que hayas fracasado en modo alguno. El sufrimiento es siempre un gran lugar para empezar a explorar la experiencia presente. Dios sabe que, si no hubiera sufrido como sufrí, nunca habría empezado a cuestionar todo lo que sabía y a descubrir la libertad en todo aquello contra lo que luchaba, en todo aquello de mí de lo que intentaba huir.

Los estados y las experiencias vienen y van, y, si de verdad queremos poner fin al sufrimiento, debemos ir más allá de los estados y las experiencias pasajeros, más allá de las cimas espirituales, y descubrir algo que no sea efímero. Algo que esté siempre presente. Algo que está aquí ahora mismo, pero que al parecer siempre ignoramos, empeñados en saborear experiencias futuras y añorantes de retornar a las glorias pasadas.

“No dejaremos de explorar, y el final de la exploración será llegar al punto de partida y conocer el sitio por primera vez” -T. S. Eliot, “Little Gidding”.

En la actualidad, veo que a todos nos “deprime” (del latín premere, “presionar”, y de, “hacia abajo”) el peso de nuestras vidas, el peso de nuestra historia y de nuestros futuros imaginados. En este sentido, puede decirse que ¡todos estamos deprimidos en mayor o menor medida!, pese a que solo cuando el peso se vuelve prácticamente imposible de acarrear nos atribuyamos el calificativo de “deprimidos” y nos separemos de nosotros mismos y de los demás.

Aunque no todos suframos de depresión clínica, todos vamos por ahí cargados con un relato de nosotros mismos que hemos ido elaborando, intentando hacer que nuestra vida vaya por donde queremos que vaya. Y, en uno u otro nivel, todos fracasamos en esa tentativa de ser quienes no-somos. Todos sufrimos a nuestra manera; ahora bien, o vemos en el sufrimiento un estado terrible que se ha de evitar a toda costa o lo vemos por lo que realmente es: una señal muy clara que nos indica el camino de vuelta a casa.

Quizá, aquello no era mi vida, la vida que debía sostener en pie, y yo no era quien pensaba que era. Quizá la verdadera libertad no tuviera nada que ver con perfeccionar el relato de mí mismo que me contaba. Quizá la libertad tenía que ver sola y exclusivamente con despertar del sueño en el que somos olas separadas, y con abrazar todo lo que aparece en el océano de la experiencia presente. Quizá ese fuera mi trabajo, mi verdadera vocación en la vida: aceptar profundamente la experiencia presente, desprenderme de todas las ideas sobre cómo debería ser este momento, en vez de empeñarme en sostener una falsa imagen de mí mismo.

Empecé a enamorarme de la experiencia presente. Empecé a perder interés en fingir que era lo que no era. Empecé a perder interés en oponer resistencia al momento presente. Descubrí la profunda aceptación inherente a cada pensamiento, a cada sensación, a cada sentimiento, y el sufrimiento comenzó a caer en picada. Me di cuenta de que no era un ser defectuoso ni nunca lo había sido, y de que esto era igualmente aplicable a todos los demás seres humanos del planeta.

Mucha gente busca, intentando escapar de lo que piensan y sienten en el momento. Oponen una resistencia férrea a la experiencia presente, pero no se dan cuenta de que es eso lo que hacen, y tienen así la sensación de que el sufrimiento les invade, casi como si les llegara del exterior y fueran víctimas de él. Si se dieran cuenta de la magnitud de su resistencia al momento, no tendrían que seguir recurriendo a todo tipo de extrañas teorías para explicar o justificar su sufrimiento. Dejarían de culpar de su sufrimiento a la vida, dejarían de culparse a sí mismos, a los demás o a las circunstancias, y serían Responsables en el auténtico sentido de la palabra: capaces de responder a la vida tal como es en este mismo instante, y no a la vida como imaginan que es o que debería ser.

Todo mi sufrimiento resultó ser un regalo, no una maldición. La depresión apareció para hacerme ver —de la manera más dramática que cabe— hasta qué punto me había desconectado de la vida. Visto así, el sufrimiento siempre es una señal que nos indica el camino de vuelta a la integridad.

Con frecuencia, solo cuando empezamos a sufrir comenzamos a escuchar a la Vida. Así que, de algún modo, a todos se nos provee de la cantidad de sufrimiento exacta que necesitamos para reconocer quiénes somos realmente. Cada ola es una expresión única del océano, y cada ola sufrirá de una manera distinta. Tu sufrimiento es tu imitación sin par a que retornes al océano. Tu sufrimiento apunta directamente al despertar espiritual.

Tu sufrimiento indica el camino de vuelta a quién eres realmente, que está siempre en profundo reposo; es una invitación a soltar la carga de tu pesado relato sobre el pasado y el futuro, y a descansar profundamente en la experiencia presente; es una invitación a despertar del sueño de la separación. Comprender que nada exterior a nosotros provoca en realidad nuestro sufrimiento es la clave de una increíble libertad. Las circunstancias nunca pueden ser realmente la causa de nuestro sufrimiento; es siempre la respuesta que damos a las circunstancias la que nos hace sufrir.

Juzgamos la vida constantemente. Suceden cosas, y a continuación las aprobamos o las desaprobamos. Las aceptamos o las rechazamos. Decimos: “No debería haber sucedido esto”. Decimos: “La vida es mala”, “La vida es buena”, “La vida no tiene sentido” o “La vida es cruel”. Decimos: “La vida siempre se porta bien conmigo” o: “La vida nunca me da lo que quiero”. Pero la vida en sí llega antes que todas las etiquetas que le pongamos; llega antes que todos nuestros juicios sobre ella. La vida no puede ser buena ni mala.

La vida es simplemente la vida, que toma la apariencia de todo cuanto hay, de lo que llamamos positivo y de lo que llamamos negativo. La vida “hace que el sol brille sobre los buenos y los malos por igual”, como dice la Biblia. La vida hace que el sol brille, y la vida es el sol que brilla y todo aquello sobre lo que brilla el sol, incluido aquello sobre lo que preferiríamos que el sol no brillara.

Cualquier movimiento que proceda del supuesto de que la vida es defectuosa no hará sino perpetuar la enfermedad que promete curar.

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Juan Angel Moliterni
Siguiendo Juan Angel Moliterni:

Astrólogo, Canalizador, Instructor Espiritual de la Ciencia Iniciática, Terapeuta y Músico

La Gran Hermandad Blanca, la jerarquía ascendida, transfiere una antorcha, una luz, a aquéllos que deseen tomarla, que vayan a agarrarla con fuerza. La antorcha de la síntesis de oriente y occidente, de los valores apreciados, el conocimiento espiritual y la comprensión del cosmos.

Juan Angel Moliterni
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