Los Templos

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Hijos míos, los Templos son lugares en los que, al menos por un instan­te, el recuerdo de Dios se enciende en nuestros corazones, que por lo demás están totalmente inmersos en las preocupaciones vinculadas al mundo. Pero no es necesario que nos quedemos pegados a los rituales de los templos hasta el fin de nuestros días. Nada malo puede suceder­nos si practicamos el Estudio espiritual y la meditación cada día en la soledad, sin tener que entrar en ningún templo. Igualmente, si no somos capaces de establecer firme­mente al Señor en nuestro corazón, toda una vida empleada en visitas a los tem­plos no nos servirá de nada.

Cuando visiten algún templo o vayan a ver a algún Maestro espiritual, no se presenten con las manos vacías. Ofrezcan algo en señal de respeto y entrega, aunque sólo sea una sencilla flor.

Hay una gran diferencia entre ofrecer una guirnalda de flores comprada en un almacén y una guirnalda hecha por noso­tros con flores tomadas de nuestro jardín. Cuando plantamos las flores, las rega­mos, las tomamos, componemos la guirnalda y la llevamos al templo, única­mente el pensamiento de Dios ocupa nuestro espíritu. El Señor acepta todo lo que se le ofrece con intenso amor. Cuan­do compramos una guirnalda en un alma­cén y adornamos con ella a la Divinidad, sólo hacemos un gesto ritual, mientras que la otra es una guirnalda de pura devoción y un acto de amor.

Hijos míos, cuando vayan al templo, no tengan prisa en tener el darshan (la visión) de la Divinidad, hacer algunas ofrendas y regresar apresuradamente a casa. Deberíamos permanecer allí en pie un instante, con paciencia, en silencio, e intentar visualizar a la amada Divinidad en nuestro corazón. De ser posible, sién­tense y mediten. A cada paso que den, recuerden la práctica de su estudio espiritual. Sin embargo, las ofrendas y la devoción no son necesarias; de todas las ofrendas que le hacemos, la que el Señor desea con mayor intensidad es nuestro corazón.

Hijos míos, si se nos dice que llevemos una ofrenda al templo o a los pies del Maestro, no se nos dice porque el Señor o el maestro tengan necesidad de riquezas ni de cualquier otra cosa. La verdadera ofrenda es la entrega de nuestra inteligencia y de nuestro corazón. ¿Cómo conseguirlo? No podemos ofrendar nuestra mente en el estado en que se encuentra actualmente, sino sólo las cosas a las que está apegada. Hoy, nuestra mente está profundamente apegada al dinero y a los restantes obje­tos materiales. Al poner esos pensamien­tos a los pies del Señor, le ofrecemos nuestro corazón. Tal es el principio que está en la base de los dones de la caridad.

Hay quien piensa que el Señor Shiva se encuentra únicamente en Kashi o que el Señor Krishna sólo se halla en Bridavan. Hijos míos, no crean que Dios se ciñe a las cuatro paredes de un templo o queda limitado por los límites de una población.

Él es el Omnipotente y el Omnipresente. Puede tomar cualquier forma que elija. Deberíamos tener la capacidad de reco­nocer a nuestra amada Divinidad en todo. La devoción real consiste en percibir la forma bienamada de Dios no sólo en el templo, sino también en cada ser vivo y, en consecuencia, servido. Si la Divinidad que hemos elegido es Krishna, debería­mos ser capaces de ver a Krishna en todas partes, en cada templo, tanto si se trata de un templo dedicado a Devi o a Shiva (otras divinidades).

Hijos míos, no piensen que Shiva puede encolerizarse si no lo adoramos en un templo dedicado a Él, o que la Madre divina no quiere darnos su bendición si no la veneramos yendo a un templo consagrado a Ella. Una misma persona es llamada “esposo” por la mujer, “padre” por los hijos y “hermano” por la hermana. Tal persona no cambia simplemente por­que los demás la llamen con nombres distintos. Cada uno de nosotros reza a Dios bajo una particular forma y lo invoca en función de sus tendencias innatas y de su imaginación. ¿Acaso no nos servimos siempre del mismo nombre para designar a una misma persona? De esta forma, también respecto a Dios, necesitamos un nombre y una forma que nos guste. Podemos preguntamos: “¿Nos responde­rá Keshava si lo llamamos Madhava?”. Pero la verdad es que, en este punto, no nos dirigimos a un individuo cualquiera. Invocamos al Señor Omnisciente. Él co­noce nuestra mente. Sabe que nos dirigi­mos a Él, sea cual sea el nombre que para ello empleemos.

Hijos míos, podemos ir al templo, dar la vuelta reverentemente en torno al santuario y presentar nuestras ofrendas en el cofre reservado a los dones, pero si al salir le damos un puntapié a un men­digo que está en la puerta, ¿de qué sirve nuestra devoción? La compasión hacia los pobres es nuestro deber hacia el Señor. No tenemos que dar dinero a todos los mendigos que encontremos sentados a la entrada de los templos, pero no los despre­ciemos. Cuando sentimos odio hacia los demás nuestra mente se llena de impure­zas. La ecuanimidad de nuestra visión es Dios.

Las fiestas en los templos están desti­nadas a despertar espiritual y cultural­mente al pueblo. En nuestros días, los programas que se añaden a las fiestas sólo raramente sirven a este objetivo. En el recinto del templo deberían realizarse sólo aquellas actividades que hacen cre­cer en nosotros la espiritualidad. La at­mósfera del templo ha de vibrar con los Nombres de Dios. Una vez traspasada la puerta del templo, pongamos fin a todo parloteo inútil. Nuestra mente debe sumergirse del todo en el pensamiento de Dios. Hijos míos, rehabilitar la santidad de los templos es responsabilidad de los cabeza de familia. En consecuencia, quie­nes se interesan por nuestro patrimonio espiritual deberían trabajar al unísono con las cofradías vinculadas a los templos para tratar de poner remedio a la deplo­rable situación que actualmente impera.

Muchos sacerdotes y funcionarios de los templos son asalariados. Nadie debe­ría juzgar la religión basándose en las limitaciones de tales trabajadores. Sería preciso establecer reglas y leyes apropia­das para impedir que se conviertan en la presa de tentaciones materiales. Los auténticos guías espirituales de la religión son aquellos que se comprometen en un servicio desinteresado y consagran su vida a obtener la visión de Dios.

Son los seres humanos quienes insuflan energía vital al ídolo en el templo. Si nadie esculpiera la piedra, ésta no se transformaría en ídolo. Si nadie la instala­ra en un templo, no sería santificada. Si no fuera venerada, no acumularía ningún poder. De no mediar el esfuerzo humano, no podría haber templos. Por tanto, ¿qué mal hay en decir que deberíamos consi­derar a los Grandes Maestros como igua­les a Dios? Los templos consagrados por semejantes maestros espirituales poseen una peculiar energía espiritual, que les es propia.

En la antigüedad no había templos, sino simples linajes de Maestros y Discípulos. Enseñamos a los niños ciegos mediante la escritura Braille. Uno podría preguntarse por qué lo hacemos así. ¿No se les podría enseñar de la misma manera que a los demás niños? No, no sería suficiente. Con los invidentes nos vemos obligados a utilizar este método especial. De igual forma, los hombres de nuestra época necesitan templos para establecer una conexión entre su mente y Dios.

Renovar los templos no significa erigir inmensos pórticos a la entrada o enormes cofres para recibir las ofrendas. Hemos de concentramos en la celebración regu­lar de los ritos de veneración de acuerdo con la tradición, los discursos espirituales, los cantos de devoción, etc. Nuestra devoción y nues­tra fe dan vida a los templos, no los rituales ni las ceremonias. Hijos míos, intentemos recordarlo cuando nos vemos implicados en la administración de los templos.

Práctica

amma-pujaHijos míos, no olviden que la forma sutil de la amada Divinidad está presente en el lugar donde se practica el recitado de la divinidad.

Colocar una imagen de nuestra amada Divinidad ante nosotros durante el recitado es muy útil. Mediten cinco mi­nutos antes de empezar la recitación. Visualicen a la amada Divinidad claramente, desde los pies a la cabeza, y luego, una vez más, desde la cabeza a los pies. Podemos imaginamos que la Divinidad, que se encuentra dentro del loto de nuestro corazón, va a sentarse a la silla especial puesta ante nosotros. Con cada mantra, imaginemos que ofrecemos flo­res a los pies de nuestra Divinidad.

Cuando no haya flores naturales o éstas sean insuficientes, podemos realizar el recitado utilizando flores mentales que vengan del corazón. Tales flores, ofreci­das con devoción, complacen al Señor. Las flores del corazón son la humildad, la devoción y una actitud de entrega. Visualicen en el corazón un árbol con flores e imagínense que las toman. Imagi­nen que ofrecen a la divinidad las flores blancas de ese árbol.

Aquello a lo que estamos más adheri­dos, lo más querido, es lo que debemos ofrecer al Señor. ¿Acaso una madre no da a su hijo lo que cree que es lo mejor?

Realizar algunos ejerci­cios de respiración antes del recitado nos ayudará a concentrarnos. Siéntense con la espalda erguida, cierren el orificio nasal derecho, inspiren por el orificio nasal izquierdo y luego exhalen por el orificio derecho cerrando el izquierdo. Inspiren después por el derecho y exhalen por el izquierdo. Hacerla así constitu­ye un ejercicio completo de pranayama. Pueden repetirlo tres (3) veces. Al inspirar, intenten imaginarse que nos llenan todas las buenas cualidades. Cuando exhalamos, imaginémonos que las cualidades nefastas, los pensamientos negativos y las malas tendencias, se alejan de ustedes en forma de oscuridad.

No se pongan de pie inmediatamente después de concluir el recitado. Hay que volver a poner a la Divinidad en su pedestal, ante nosotros, y reinstalarla de nuevo en el corazón. Visualicen la forma de la Divinidad sentada en nuestro cora­zón y mediten un rato. Si les es posible, canten uno o dos himnos. Tras darle una inyección al paciente, se le pide a éste que descanse unos minutos para dejar que el medicamento se difunda por el cuerpo. Igualmente para aprovechar todo el beneficio de los mantras (sonidos sagrados), nuestra mente debe estar en calma un momento tras la recitación.

Al concluir el recitado, póstrense; lue­go levántense y sin moverse del sitio, giren sobre ustedes mismos tres (3) veces en el sentido de las agujas del reloj, como si dieran la vuelta en torno a un templo. Después, póstrense ante el Señor.

Pongan las flores que hayan utilizado para un recitado bajo un árbol, o en un rincón del patio o del jardín, donde nadie pueda pisarlas.

Hijos míos, si podemos hacer el recitado con devoción, avanzaremos espi­ritualmente. Los bienes materiales nece­sarios para la vida, el alimento y los vestidos, nunca faltarán en una familia que recita devota­mente.

Hijos míos, deberíamos considerar cada nombre como un nombre de nuestra amada Divinidad. Imaginemos que es Ella quien se nos muestra bajo esas múl­tiples formas. Si nuestra Divinidad es Krishna, al cantar los Nombres de la Madre Divina, imaginemos que Krishna se nos ha mostrado bajo la forma de Devi. ¡Que no se nos ocurra pensar que, al oír cantar los nombres de Devi, Krishna se sienta contrariado! Tales diferencias exis­ten, sí, en nuestro mundo, pero no en el Suyo.

Hijos míos, cantemos siempre nuestro mantra en la cabeza, al andar, al viajar, al trabajar.

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La Madre Divina sólo escucha el lenguaje del corazón…

Juan Angel Moliterni
Siguiendo Juan Angel Moliterni:

Astrólogo, Canalizador, Instructor Espiritual de la Ciencia Iniciática, Terapeuta y Músico

La Gran Hermandad Blanca, la jerarquía ascendida, transfiere una antorcha, una luz, a aquéllos que deseen tomarla, que vayan a agarrarla con fuerza. La antorcha de la síntesis de oriente y occidente, de los valores apreciados, el conocimiento espiritual y la comprensión del cosmos.

Juan Angel Moliterni
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