Sabiduría Tolteca (32)

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cultura-toltecaTomar la perfección por imperfección.

Cuando mi padre intentaba hacerme comprender que yo ya era perfecto, me resultaba imposible aceptarlo. Por más que lo intentaba, no podía entenderlo. Estaba apegado a una idea: ¡Cómo iba a ser perfecto si todavía no había conseguido mis objetivos! No era quien yo quería ser. No lograba atraer a la chica que quería. No pesaba lo que debería pesar. Y seguí con mi diatriba mental, estableciendo y después juzgando todas mis imperfecciones.

Si ésta es la clase de perfección que intentamos alcanzar, cuando nuestra historia no coincide con nuestras creencias, la juzgamos como imperfecta y luego nos castigamos por no estar a la altura de nuestras creencias de cómo pensamos que deberíamos vivir. Acabamos adquiriendo una definición de perfección que no tiene nada que ver con la perfección real: “estar libre de imperfecciones o defectos”. Si logramos alcanzar por un momento la perfección desde este punto de vista, nos premiamos queriéndonos de forma condicional. Y luego usamos ese amor condicional como incentivo para intentar alcanzar en el futuro la idea distorsionada que tenemos de la perfección. Es un círculo vicioso.

Durante mi juventud mi padre no dejó de transmitirme este mensaje a lo largo de los años: “Miguel, cuando entiendas que eres perfecto tal como eres, verás que todo ya es perfecto tal como es”.

No es fácil despertarte un día diciéndote que eres perfecto y creértelo de verdad. Para lograrlo es necesario desearlo y comprometerte a ello. Primero dejas atrás cualquier ideal falso de perfección, dejas de apegarte a lo que crees que significa tu propia perfección. Para aprender esta lección tuve que dejar de juzgarme por no estar a la altura de mis expectativas y aceptarme tal como era en ese momento. Primero empecé por aprender a quererme y a agradecer cada mañana el estar vivo.

Después vi la vida con los ojos de un artista y acepté que todo sigue un proceso, que todo es una obra de arte que no tiene fin. Cada pincelada es perfecta por el mero hecho de existir. A medida que el lienzo se va cubriendo de pintura, crece y se desarrolla en lo que es, aunque no siempre tengamos un esbozo para mantenernos fieles a él. Tanto si se trata de unos garabatos de vivos colores como de un paisaje detallado, cada elemento de la obra es pleno y completo en sí, a pesar de seguir nosotros pintando, cambiando y evolucionando a cada pincelada de la vida. Como mi padre dice, “Nuestra vida es un lienzo y todos somos un Picasso”.

Desde temprana edad casi todos acabamos creyendo que para aceptarnos o querernos a nosotros mismos debemos alcanzar ciertos ideales o llegar a ser “alguien” en la vida. Vivir con la mentalidad de “en cuanto lo consiga o lo haga” nos hace creer que en este momento no somos libres para vivir nuestra vida.

Muchos conocemos la novela de Miguel de Cervantes “Don Quijote de la Mancha”, una de las obras más destacadas de la literatura española  En ella Alonso Quijano, un hidalgo pobre, se traslada a La Mancha y se obsesiona con las novelas de caballerías hasta tal punto que pierde el sentido de la realidad y cree ser don Quijote, un caballero medieval. Ve el mundo a través de los filtros de la fantasía y las aventuras. Don Quijote interpreta la realidad de manera que se adapte a sus propias expectativas y creencias. Nuestro héroe acaba derrotado y abatido, persiguiendo una imagen que siempre se le escurre de las manos.

Nosotros, como don Quijote, también nos estamos siempre inventando historias. Creamos nuestro propio personaje para ser “alguien”. Cuando era joven, asumí varias identidades. Fui Miguel Ruiz Jr., el Bárbaro. Más tarde Miguel el Intelectual, después Miguel el Bohemio y luego Miguel el Artista, y así sucesivamente. Me impuse distintas reglas al igual que don Quijote creó las suyas con la percepción distorsionada de quien era. Otras personas veían su propia verdad y se preguntaban qué estaba haciendo yo. Pero lo único que yo veía era lo que quería ver. Y al igual que Sancho Panza, el fiel escudero de don Quijote, yo oía en mi cabeza las historias que me contaba y sabía que estaba desvariando un poco, pero me las creía por si acaso eran ciertas.

Me pasé muchos años intentando estar a la altura de las imágenes que creaba de mí antes de descubrir que éste es quien yo soy, sin necesidad de contarme ninguna historia . Éste soy yo realmente. Soy perfecto en este momento y es todo cuanto necesito para gozar de la vida. Tan pronto como lo comprendí, supe que podía cambiar mi vida tomando el camino más adecuado en cada momento. Ahora era libre para elegir. Las posibilidades se volvieron infinitas, como siempre lo habían sido. Hoy día los cambios que hago no son para aceptarme y quererme a mí mismo, sino para expresarme y experimentar más la vida, porque ya me acepto y me quiero tal como soy.

Las imperfecciones y los defectos vienen de nuestras propias ideas y creencias. Para reconocer la perfección -o ver el mundo y a uno mismo tal como son-, advertimos nuestros apegos a nuestras ideas y creencias y los abandonamos, aunque sólo sea por un instante, para ver más allá de ellos. Yo siempre he sido perfecto, al igual que tú lo has sido. Pero no lo percibimos al estar constantemente juzgándolo todo sin verlo tal como es. El mundo y todo cuanto hay en él es perfecto por el mero hecho de existir en este instante de la única forma que puede existir. Al igual que tú y que yo. Y esto es la perfección: “Yo soy porque soy en este momento”.

La libertad es esto: la capacidad de gozar y ser exactamente quien eres sin inhibirte con tus juicios. Un pájaro es un pájaro. Un saguaro (cactus) es un saguaro. Un humano es un humano. Miguel es Miguel. Tú eres tú. Perfecto tal cual.

Desde este punto de vista, el cambio es distinto. Si intentamos cambiar sin aceptar antes quiénes somos, nos arriesgamos a crear más imágenes falsas de nosotros mismos. Pero si nos aceptamos tal y como somos en este instante, cambiamos porque deseamos crecer y evolucionar en la vida, el querernos a nosotros mismos deja de ser una condición para cambiar, es el punto de partida para el cambio. Éste es el significado verdadero del amor incondicional.

por don Miguel Ruiz Jr.

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Juan Angel Moliterni
Siguiendo Juan Angel Moliterni:

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